He decidido no secundar la huelga general. No porque me hayan coaccionado o por perder el poco dinero que dejaría de cobrar, ni mucho menos, sino por propia voluntad. Por una convicción que a lo largo de muchos años he ido alimentando a base de contemplar tanta falsedad y oportunismo.
A mí, como a muchos españoles, no me gusta la reforma laboral que nos ha impuesto el Gobierno. La he criticado y la criticaré con todas mis fuerzas como bien he demostrado y demostraré mi rechazo a las políticas capitalistas deshumanizadas en general, y a las de esta derecha española atrasada, puritana, golfa, elitista, ignorante, insidiosa, miserable, cateta y arrogante en particular, tanto por escrito como a viva voz. Ese desprecio lo demuestro cuando toca en las urnas y cada día con mis ideas y razonamientos, y así lo seguiré haciendo mientras me quede aliento.
Por eso no necesito sumarme a ninguna protesta puntual convocada por unos sindicatos que no han sido precisamente víctimas en esta tragedia que sufrimos los españoles, sino que como el vulgar Tartufo han querido adorar a dios y al demonio para mantener unos privilegios logrados a costa de la credulidad de muchos trabajadores.
Ellos, sus dirigentes, son también responsables de que hoy la derecha haya logrado un poder insólito en el país. Pues con sus invectivas constantes a la gestión de los socialistas alimentaron un estado de ánimo entre sus bases que luego se reveló en el mayor castigo electoral recibido por un partido en democracia.
¿Era la mala gestión de un presidente motivo suficiente como para ensuciar la sustancia del sindicalismo, y favorecer el asalto de la derecha al poder?
¿No sabían que un gobierno de derechas iba a acometer medidas adecuadas a sus intereses, que no son los de la clase trabajadora?
¿Tanta independencia debían demostrar que olvidaron por completo que son sindicatos de clase y sirven a una ideología que no es ni mucho menos la que representa el PP?
Parece que en UGT y CCOO han olvidado su condición de sindicatos de clase. ¡De clase! Y que su obligación es defender el bienestar colectivo y no sólo de aquellos que pagan la cuota. Negar su apoyo a la izquierda es renunciar a su naturaleza, someterse a esa paz social pretendida por la derecha a base de prebendas y privilegios. Sin unos sindicatos militantes es imposible plantar cara al poder, y estos dirigentes despreciaron su historia y sus principios.
No oí a los dirigentes sindicales pedir el voto para los partidos que han representado tradicionalmente en ninguna de las elecciones del año pasado, ni siquiera cuando en las autonómicas y municipales ya se representó un ensayo general de lo que iba a suceder unos meses después. Ni siquiera fueron capaces de pedir públicamente y con el énfasis que les correspondería el voto para la izquierda, si es que no querían significarse con el PSOE o IU.
Y ahora, cuando ya no hay remedio, y lo que cualquiera con un mínimo de criterio podía prever el verano pasado empieza a suceder, piden al pueblo que se sume a ellos para redimir su ineptitud. ¿Para qué? Sé y sabe cualquiera que esta huelga general no servirá para nada, será un simple gesto de protesta que, como todas las anteriores, se diluirá en el oleaje del absolutismo legislativo. El viernes todo seguirá igual, o peor pues ese día conoceremos lo que este gobierno irresponsable nos ha ocultado para proteger sus opciones electorales en Andalucía: sabremos cual será el guión del drama y entonces sólo quedará aceptar o rebelarse de verdad.
Pero no es el fatalismo de la impotencia lo que me mueve a no secundar esta huelga, sino la certeza de que al final imperará la resignación. No la de los ciudadanos sino la de esos mismos dirigentes sindicales que convocan a los españoles a su espectáculo y luego se plegarán una vez más ante el poder, aceptarán las migajas del banquete y seguirán viviendo de las rentas, recordando de vez en cuando que hay unas gentes que sufren siempre que éstas hayan pagado la cuota.
Por supuesto, comprendo a quien acepte esta convocatoria pues tiene todo el derecho a elevar su protesta, pero igualmente deseo que ese ímpetu no sea producto de la credulidad y después sienta esa decepción por el esfuerzo malgastado. La exigencia ha de ser constante, intensa, consecuente y la misma debe ir en la misma medida hacia la clase política y la sindical. No podemos ser peleles en manos de esos privilegiados que no sufren los sacrificios que nos imponen.
Esta huelga general es otro ensalmo, otra entelequia insustancial más en un universo dividido en dos dimensiones: la de los elegidos y la de los electores. Los unos se sirven de los otros para preservar sus intereses y siempre pagan los mismos.
Cuando los sindicatos traspasen esa dimensión y regresen al mundo real, cuando sean capaces de defender su ideología frente a cualquier derecha, entonces iré a la huelga si es necesario. Mientras tanto seguiré luchando contra la hipocresía y el inmovilismo desde mi puesto de trabajo.
Letras e Ideas
Repentinas reflexiones inducidas por la rutina, esbozos de lo que quizás pueda ser o no y emociones que me producen la música, el arte o la literatura, y que me gusta compartir.
miércoles, 28 de marzo de 2012
sábado, 11 de febrero de 2012
¡Es la derecha, ingenuos!
Quienes creyeran, allá por noviembre del año pasado, que castigando al PSOE y favoreciendo con ello el ascenso de la derecha al poder absoluto cumplían con el deber emocional de resarcir esa traición a los principios de la izquierda, como muchos quisieron interpretar las decisiones tomadas en su momento por el Gobierno de Zapatero ante el deterioro progresivo de la estabilidad socioeconómica del país, quizás hoy -sólo quizás- harían bien en recordar la vieja fábula del escorpión y la rana, y a continuación reconocer que con su decisión poco meditada han regalado España a una banda de ambiciosos que manejaron las emociones de la ciudadanía con una habilidad asombrosa, valiéndose de la insidia y el embuste sin pudor alguno hasta convencer al electorado no tanto de sus aptitudes para resolver los problemas como de la negligencia de los socialistas en ese empeño, embaucando de forma inmisericorde a una sociedad cuya perspectiva de la realidad había sido atrofiada por una estrategia informativa con la que la derecha supo presentarse como la única opción válida en un tiempo de incertidumbre.
Ahora, consumada la conjura en la que participaron todos los actores sociales de un país atribulado, se impone una realidad que en ningún momento se ocultó al criterio de aquellos observadores que se aún conservaban la capacidad de analizar la naturaleza y la trayectoria de quienes se presentaban ante la sociedad como sus perfectos salvadores. El estruendo de la orquesta matizaba un ruido de fondo que, a poco que se prestara atención, se podía percibir en él la interpretación de la auténtica partitura; esa que identifica el verdadero estilo de sus compositores. Curas, empresarios, jueces, sofistas y estrategas no desafinaban, ejecutaban con virtuosismo las notas de una melodía tan vieja como pertinaz, aunque fuesen muy pocos los que, quizás acostumbrados a escucharla, no la tuvieran en cuenta embelesados por ese aluvión de acordes que ofrecían los intérpretes principales, sin reparar siquiera en sus disonancias y en los constantes arpegios motivados por la urgencia de alcanzar el acorde definitivo.
La derecha administró durante años la crisis en provecho propio, acosando sin piedad a un Gobierno que hizo todo lo que pudo por mantener a salvo la soberanía de un país cautivo de sus imprudencias. Se valió de la obediencia perruna de sus vasallos autonómicos para coartar cualquier medida que ayudase a mejorar la situación de los ciudadanos, y contó con el apoyo inestimable de oligarcas remisos a contribuir al desarrollo económico, de un poder financiero que paralizó deliberadamente el crédito mientras recibía generosas ayudas públicas y procuraba mantener a salvo los privilegios de sus directivos, de un clero agresivo y desestabilizador que gastaba el dinero que recibía del Estado en minar sus cimientos movilizando a sus tropas en actos infames cargados de populismo rancio, y de una casta de esbirros de la comunicación encargados de mantener una presión insoportable sobre la opinión pública moldeándola a su antojo y en beneficio de los intereses políticos de quienes sufragaban sus empresas de comunicación. Y todo para lograr una de esas paradojas que devalúan el sentido de la gestión política, tal es convertir en remedio lo que causó la enfermedad: la especulación salvaje que propicia el capitalismo sin matices.
Y contaron además con un respaldo inesperado. El de los miles de ciudadanos que, irritados, emprendieron una movilización impetuosa en busca de una regeneración democrática que hoy se revela quimérica en manos de quienes, involuntariamente, se favorecieron de su desencanto. Aquel movimiento romántico y casi infantil sólo permitió que unos cuantos oportunistas hicieran carrera política, a otros que nadie hacía caso por sus actitudes agresivas e ideas irreflexivas adquirieran una especie de legitimidad impostada que ahora resulta irrelevante, y algunos más cosecharan unos réditos electorales inmerecidos aprovechando las dudas que cautivaron a muchos ciudadanos que hasta entonces habían ejercido con buen criterio el voto útil. Ahora, todos aquellos que un día creyeron que con su voluntad iban a lograr un mundo más justo sólo han conseguido nuevos y poderosos argumentos para continuar con su revolución.
Y porque el escorpión pica, contemplo desolado cómo se confirman las peores certezas. La bomba que la derecha envolvió en un vistoso papel de regalo con lazo incluido no deja de ser una bomba de alto poder destructivo. Volvemos al pasado, al inmovilismo, a la caverna de la superstición y el dogma. La independencia perseguida por una Justicia que se gobernará a sí misma por aquellos que la interpretan de una forma absurda y doctrinaria; una educación dirigida a adormecer el intelecto y segregar a quienes no son considerados dignos de recibirla por haber cometido el pecado de nacer pobres; un mercado laboral que atiende a los preceptos más puristas del capitalismo y transporta al trabajador al siglo XIX, perdiendo todos los derechos adquiridos durante años de lucha y sacrificios, y convierte al parado en un parásito que ha de demostrar su intención sirviendo a los jerarcas municipales, y deja a los sindicatos sin apenas atribuciones y condenados de nuevo a las barricadas; coacciones al divorcio, otorgando a los notarios capacidad jurídica para resolver asuntos que sólo la Justicia puede atender; criminalizar a la mujer tutelando su vida y su cuerpo, con regulaciones sobre el aborto y la contracepción dignas de una teocracia; una política financiera que privilegia a la gran banca permitiendo la absorción de las pequeñas entidades incapaces de resarcirse de sus negligencias pasadas, y que vende el sofisma del control de sueldos ¡fijos! de los directivos cuando nada establece sobre los variables o las retribuciones por labores complementarias de carácter privado; y lo que llegará: control informativo, especulación inmobiliaria, destrucción del medio ambiente, descontrol financiero, privatización de servicios públicos esenciales... La economía ha sido la coartada perfecta para regresar al pasado sin resolver los problemas presentes. Pero ¿a quién le sorprende? ¡Es la derecha, ingenuos!
El escorpión (la derecha) quiso cruzar el río (la crisis) a lomos de la incauta rana (el pueblo). El único matiz que diferencia la realidad de la fábula es que, en este caso, el astuto escorpión sabe nadar y, una vez hundido el pueblo, llegará a la otra orilla indemne y orgulloso de su gesta. Quizás la próxima vez la gente se lo piense mejor. Si es que se puede.
Ahora, consumada la conjura en la que participaron todos los actores sociales de un país atribulado, se impone una realidad que en ningún momento se ocultó al criterio de aquellos observadores que se aún conservaban la capacidad de analizar la naturaleza y la trayectoria de quienes se presentaban ante la sociedad como sus perfectos salvadores. El estruendo de la orquesta matizaba un ruido de fondo que, a poco que se prestara atención, se podía percibir en él la interpretación de la auténtica partitura; esa que identifica el verdadero estilo de sus compositores. Curas, empresarios, jueces, sofistas y estrategas no desafinaban, ejecutaban con virtuosismo las notas de una melodía tan vieja como pertinaz, aunque fuesen muy pocos los que, quizás acostumbrados a escucharla, no la tuvieran en cuenta embelesados por ese aluvión de acordes que ofrecían los intérpretes principales, sin reparar siquiera en sus disonancias y en los constantes arpegios motivados por la urgencia de alcanzar el acorde definitivo.
La derecha administró durante años la crisis en provecho propio, acosando sin piedad a un Gobierno que hizo todo lo que pudo por mantener a salvo la soberanía de un país cautivo de sus imprudencias. Se valió de la obediencia perruna de sus vasallos autonómicos para coartar cualquier medida que ayudase a mejorar la situación de los ciudadanos, y contó con el apoyo inestimable de oligarcas remisos a contribuir al desarrollo económico, de un poder financiero que paralizó deliberadamente el crédito mientras recibía generosas ayudas públicas y procuraba mantener a salvo los privilegios de sus directivos, de un clero agresivo y desestabilizador que gastaba el dinero que recibía del Estado en minar sus cimientos movilizando a sus tropas en actos infames cargados de populismo rancio, y de una casta de esbirros de la comunicación encargados de mantener una presión insoportable sobre la opinión pública moldeándola a su antojo y en beneficio de los intereses políticos de quienes sufragaban sus empresas de comunicación. Y todo para lograr una de esas paradojas que devalúan el sentido de la gestión política, tal es convertir en remedio lo que causó la enfermedad: la especulación salvaje que propicia el capitalismo sin matices.
Y contaron además con un respaldo inesperado. El de los miles de ciudadanos que, irritados, emprendieron una movilización impetuosa en busca de una regeneración democrática que hoy se revela quimérica en manos de quienes, involuntariamente, se favorecieron de su desencanto. Aquel movimiento romántico y casi infantil sólo permitió que unos cuantos oportunistas hicieran carrera política, a otros que nadie hacía caso por sus actitudes agresivas e ideas irreflexivas adquirieran una especie de legitimidad impostada que ahora resulta irrelevante, y algunos más cosecharan unos réditos electorales inmerecidos aprovechando las dudas que cautivaron a muchos ciudadanos que hasta entonces habían ejercido con buen criterio el voto útil. Ahora, todos aquellos que un día creyeron que con su voluntad iban a lograr un mundo más justo sólo han conseguido nuevos y poderosos argumentos para continuar con su revolución.
Y porque el escorpión pica, contemplo desolado cómo se confirman las peores certezas. La bomba que la derecha envolvió en un vistoso papel de regalo con lazo incluido no deja de ser una bomba de alto poder destructivo. Volvemos al pasado, al inmovilismo, a la caverna de la superstición y el dogma. La independencia perseguida por una Justicia que se gobernará a sí misma por aquellos que la interpretan de una forma absurda y doctrinaria; una educación dirigida a adormecer el intelecto y segregar a quienes no son considerados dignos de recibirla por haber cometido el pecado de nacer pobres; un mercado laboral que atiende a los preceptos más puristas del capitalismo y transporta al trabajador al siglo XIX, perdiendo todos los derechos adquiridos durante años de lucha y sacrificios, y convierte al parado en un parásito que ha de demostrar su intención sirviendo a los jerarcas municipales, y deja a los sindicatos sin apenas atribuciones y condenados de nuevo a las barricadas; coacciones al divorcio, otorgando a los notarios capacidad jurídica para resolver asuntos que sólo la Justicia puede atender; criminalizar a la mujer tutelando su vida y su cuerpo, con regulaciones sobre el aborto y la contracepción dignas de una teocracia; una política financiera que privilegia a la gran banca permitiendo la absorción de las pequeñas entidades incapaces de resarcirse de sus negligencias pasadas, y que vende el sofisma del control de sueldos ¡fijos! de los directivos cuando nada establece sobre los variables o las retribuciones por labores complementarias de carácter privado; y lo que llegará: control informativo, especulación inmobiliaria, destrucción del medio ambiente, descontrol financiero, privatización de servicios públicos esenciales... La economía ha sido la coartada perfecta para regresar al pasado sin resolver los problemas presentes. Pero ¿a quién le sorprende? ¡Es la derecha, ingenuos!
El escorpión (la derecha) quiso cruzar el río (la crisis) a lomos de la incauta rana (el pueblo). El único matiz que diferencia la realidad de la fábula es que, en este caso, el astuto escorpión sabe nadar y, una vez hundido el pueblo, llegará a la otra orilla indemne y orgulloso de su gesta. Quizás la próxima vez la gente se lo piense mejor. Si es que se puede.
viernes, 20 de enero de 2012
Remembranza
En julio del 2006 asistí a una conferencia de prensa que se celebró en el Consejo Económico y Social de la Región de Murcia, una institución consultiva que se dedica a fabricar informes de coyuntura que no sirven para nada, en la que un grupo de analistas de la casa y representantes de sindicatos, patronal y afines iban a informar sobre el estado de la economía regional. Aquel balance optimista hasta el entusiasmo sólo contenía una objeción preocupante: la escasa competitividad de los sectores productivos regionales y su aún enorme distancia con respecto a lo que entonces denominaban convergencia europea, a pesar de que el balance general realzaba los síntomas favorables sobre las carencias manifiestas y estructurales ya no sólo de la economía murciana sino de la española.
Eran aquellos tiempos de frenesí cuando cualquier paleto recibía en herencia un pedazo de tierra de labor y, en vez de explotarla o aprovechar la coyuntura y venderla a buen precio a algún promotor inmobiliario, corría como un poseso al banco más cercano y pedía un crédito para construir un bloque de apartamentos y hacerse de oro; luego iba al ayuntamiento de turno y gestionaba una licencia que se le otorgaba de inmediato a cambio de algún pellizco de las ganancias. De poco servía que el futuro edificio se fuese a levantar en algún cenagal perdido en medio de la nada, ya que entonces siempre había algún despistado inmigrante que emprendía la aventura sin tener la menor idea de que lo estuviesen estafando. Y así nos luce el pelo ahora.
Eran esos días de asueto para la prudencia, cuando uno salía de su casa a dar un paseo y terminaba con 3.000 euros en el bolsillo para gastarlos en cualquier capricho; tan sólo era necesario entrar en alguna de las oficinas que los prestamistas habían abierto en las calles principales de la ciudad al amparo de un poder financiero al que parecía que le quemara el dinero en las manos -ahora aquellos locales donde moraban los prestamistas albergan extravagantes casas de empeños donde se compra oro al mejor postor. Y fue cuando, ante semejante furor el Banco Central Europeo se empeñó en acabar con el déficit y cada mes se esperaba con expectación la nueva subida de los tipos de interés, con lo que aquellos confiados ciudadanos que compraron barato empezaban a pagar muy caro su dispendio.
Cuando los ponentes concluyeron su animada exposición de los datos que corroboraban, a su juicio, un panorama paradisiaco para la economía, llegó el turno de preguntas y recuerdo que, después de escuchar no pocas estupideces se me ocurrió interrogar al directorio sobre las consecuencias de una eventual subida exagerada de los tipos de interés sobre la capacidad financiero de las familias, teniendo en cuenta el paulatino aumento de la deuda privada que por aquel entonces se producía y, en la misma medida, si los poderes públicos estaban en condiciones de hacer frente a los inevitables problemas que sufriría el sector bancario ante un previsible aumento de la morosidad. La respuesta -o respuestas, porque allí respondió todo el mundo- fue una evasiva confianza en que los intereses no traspasaran el umbral del 6 por ciento, puesto que hasta ese momento tanto las finanzas públicas como la capacidad económica privada eran perfectamente capaces de atender sus compromisos crediticios.
Aquella reunión se celebró dos años antes de que se desatara el haz de desgracias que inundaron el mundo y que, tercas, proteicas y escurridizas, se empeñan en incorporarse a la rutina social exigiendo comprensión cuando no resignada sumisión. Entonces a Paul Krugman le estaban horneando el Nobel, Milton Friedman estaba a punto de irse a criar malvas, y en Estados Unidos perfeccionaban eso que Naomi Klein ha llamado 'doctrina del shock'. Nada parecía augurar el enorme surtidor de inmundicias que luego surgió de las cloacas del capitalismo o si hubo quien lo esperaba bien supo protegerse de las salpicaduras, elaborando en secreto astutos planes de contigencia a sabiendas de que al final siempre pagan los mismos y si en algo se aprecia a la política es por su inmensurable poder de protección ante cualquier tipo de resentimiento social, sobre todo cuando la guillotina está pasada de moda.
Más abajo, en la aldea murciana los perros vivían como marqueses y no había hueco libre que no atrajera las miradas golosas de algún advenedizo, ya fuese imaginando un fabuloso edificio o para instalar absurdas obras de arte efímero que luego servirían de pasto para vertederos. Con trabajo y dinero, aunque fuese prestado, los ciudadanos se miraban con orgullo en los escaparates del lujo, estrenaban fastuosos vehículos y parían como conejos creyendo en un mundo lleno de fortunas para sus retoños. Con una fiscalidad nutricia, los políticos desarrollaron con esmero un nuevo estilo de despotismo ilustrado rodeados de cortesanos comprometidos con la causa, quienes amasaron unas riquezas más falsas que un duro de seis pesetas. Muchos descubrieron Suiza y la cambiaron por el calcetín bajo la losa, otros fundieron en la caldera del frenesí cuanto pudieron atesorar y sin aún perder el regusto de las langostas servidas a la luz del atardecer frente a las playas de Cancún, en uno de esos estúpidos hoteles-todo-incluido, planeaban el siguiente artefacto financiero bajo la indulgente mirada de políticos y banqueros.
Curiosamente, aquellos que negaban la evidencia y alimentaron a la bestia siguen en los mismos lugares donde me los encontré hace seis años. Quizás no sean las mismas personas, pero sí las instituciones que representan, e imagino que sus diagnósticos ya no serán tan optimistas aunque mucho me temo que seguirán siendo igual de mendaces; no en vano quienes les pagan el sueldo no gustan de sermones, y menos cuando esos sí que siguen instalados en el poder. Algunos incluso más poderosos que entonces y legitimados por voluntad popular. Otros, retirados en sus palacios de invierno a salvo de cualquier inclemencia financiera, vuelven a mostrar sus riquezas una vez superado el pudor y asumido que la mierda sólo cae hacia abajo, y tras contemplar cómo quienes ya no ganan ni para limpiarla les han otorgado el poder absoluto. Se acabaron las contemplaciones: los ricos siguen siendo ricos, e incluso más, y a los pobres les pueden ir dando con lija.
No les queda otro remedio que aceptar lo que se les imponga y las razones que emplean quienes deciden los sacrificios. Han de asumir que más allá de las posibilidades de que su situación mejore, la realidad expresa una máxima insoslayable: no hay más cera que la que arde y aquí ya nadie presta velas. Sólo cabe esperar que de esta experiencia se aprenda alguna lección enriquecedora y, aunque no tenga un reflejo político, al menos permita a los sufridores despertar ese sentido crítico que siempre proporciona un poco de libertad.
Eran aquellos tiempos de frenesí cuando cualquier paleto recibía en herencia un pedazo de tierra de labor y, en vez de explotarla o aprovechar la coyuntura y venderla a buen precio a algún promotor inmobiliario, corría como un poseso al banco más cercano y pedía un crédito para construir un bloque de apartamentos y hacerse de oro; luego iba al ayuntamiento de turno y gestionaba una licencia que se le otorgaba de inmediato a cambio de algún pellizco de las ganancias. De poco servía que el futuro edificio se fuese a levantar en algún cenagal perdido en medio de la nada, ya que entonces siempre había algún despistado inmigrante que emprendía la aventura sin tener la menor idea de que lo estuviesen estafando. Y así nos luce el pelo ahora.
Eran esos días de asueto para la prudencia, cuando uno salía de su casa a dar un paseo y terminaba con 3.000 euros en el bolsillo para gastarlos en cualquier capricho; tan sólo era necesario entrar en alguna de las oficinas que los prestamistas habían abierto en las calles principales de la ciudad al amparo de un poder financiero al que parecía que le quemara el dinero en las manos -ahora aquellos locales donde moraban los prestamistas albergan extravagantes casas de empeños donde se compra oro al mejor postor. Y fue cuando, ante semejante furor el Banco Central Europeo se empeñó en acabar con el déficit y cada mes se esperaba con expectación la nueva subida de los tipos de interés, con lo que aquellos confiados ciudadanos que compraron barato empezaban a pagar muy caro su dispendio.
Cuando los ponentes concluyeron su animada exposición de los datos que corroboraban, a su juicio, un panorama paradisiaco para la economía, llegó el turno de preguntas y recuerdo que, después de escuchar no pocas estupideces se me ocurrió interrogar al directorio sobre las consecuencias de una eventual subida exagerada de los tipos de interés sobre la capacidad financiero de las familias, teniendo en cuenta el paulatino aumento de la deuda privada que por aquel entonces se producía y, en la misma medida, si los poderes públicos estaban en condiciones de hacer frente a los inevitables problemas que sufriría el sector bancario ante un previsible aumento de la morosidad. La respuesta -o respuestas, porque allí respondió todo el mundo- fue una evasiva confianza en que los intereses no traspasaran el umbral del 6 por ciento, puesto que hasta ese momento tanto las finanzas públicas como la capacidad económica privada eran perfectamente capaces de atender sus compromisos crediticios.
Aquella reunión se celebró dos años antes de que se desatara el haz de desgracias que inundaron el mundo y que, tercas, proteicas y escurridizas, se empeñan en incorporarse a la rutina social exigiendo comprensión cuando no resignada sumisión. Entonces a Paul Krugman le estaban horneando el Nobel, Milton Friedman estaba a punto de irse a criar malvas, y en Estados Unidos perfeccionaban eso que Naomi Klein ha llamado 'doctrina del shock'. Nada parecía augurar el enorme surtidor de inmundicias que luego surgió de las cloacas del capitalismo o si hubo quien lo esperaba bien supo protegerse de las salpicaduras, elaborando en secreto astutos planes de contigencia a sabiendas de que al final siempre pagan los mismos y si en algo se aprecia a la política es por su inmensurable poder de protección ante cualquier tipo de resentimiento social, sobre todo cuando la guillotina está pasada de moda.
Más abajo, en la aldea murciana los perros vivían como marqueses y no había hueco libre que no atrajera las miradas golosas de algún advenedizo, ya fuese imaginando un fabuloso edificio o para instalar absurdas obras de arte efímero que luego servirían de pasto para vertederos. Con trabajo y dinero, aunque fuese prestado, los ciudadanos se miraban con orgullo en los escaparates del lujo, estrenaban fastuosos vehículos y parían como conejos creyendo en un mundo lleno de fortunas para sus retoños. Con una fiscalidad nutricia, los políticos desarrollaron con esmero un nuevo estilo de despotismo ilustrado rodeados de cortesanos comprometidos con la causa, quienes amasaron unas riquezas más falsas que un duro de seis pesetas. Muchos descubrieron Suiza y la cambiaron por el calcetín bajo la losa, otros fundieron en la caldera del frenesí cuanto pudieron atesorar y sin aún perder el regusto de las langostas servidas a la luz del atardecer frente a las playas de Cancún, en uno de esos estúpidos hoteles-todo-incluido, planeaban el siguiente artefacto financiero bajo la indulgente mirada de políticos y banqueros.
Curiosamente, aquellos que negaban la evidencia y alimentaron a la bestia siguen en los mismos lugares donde me los encontré hace seis años. Quizás no sean las mismas personas, pero sí las instituciones que representan, e imagino que sus diagnósticos ya no serán tan optimistas aunque mucho me temo que seguirán siendo igual de mendaces; no en vano quienes les pagan el sueldo no gustan de sermones, y menos cuando esos sí que siguen instalados en el poder. Algunos incluso más poderosos que entonces y legitimados por voluntad popular. Otros, retirados en sus palacios de invierno a salvo de cualquier inclemencia financiera, vuelven a mostrar sus riquezas una vez superado el pudor y asumido que la mierda sólo cae hacia abajo, y tras contemplar cómo quienes ya no ganan ni para limpiarla les han otorgado el poder absoluto. Se acabaron las contemplaciones: los ricos siguen siendo ricos, e incluso más, y a los pobres les pueden ir dando con lija.
No les queda otro remedio que aceptar lo que se les imponga y las razones que emplean quienes deciden los sacrificios. Han de asumir que más allá de las posibilidades de que su situación mejore, la realidad expresa una máxima insoslayable: no hay más cera que la que arde y aquí ya nadie presta velas. Sólo cabe esperar que de esta experiencia se aprenda alguna lección enriquecedora y, aunque no tenga un reflejo político, al menos permita a los sufridores despertar ese sentido crítico que siempre proporciona un poco de libertad.
sábado, 31 de diciembre de 2011
A la fuerza ahorcan
Algo más de un mes después de conquistar el poder absoluto, la derecha ha desvelado por fin los planes que dios manda para afrontar la crisis. Al menos una parte de ellos aunque suficientes para comprobar que ante los problemas que agobian al Gobierno, poco margen de maniobra queda para llevar a cabo las promesas declamadas durante la campaña electoral y que la necesidad convierte en adecuadas las medidas que antes se criticaban cuando las emprendía el anterior ejecutivo socialista. Claro que ahora no hay escrúpulos ideológicos que valgan para contener aquello que se consideraba un atentado contra los derechos adquiridos por la sociedad española.
Así, no sólo se mantienen y amplían los recortes salariales impuestos por los socialistas a los funcionarios, sino que la derecha en el poder hace suyas ahora propuestas que defendía el candidato del PSOE durante la campaña, tales como la subida de impuestos, completándolas con la congelación del salario mínimo y el desmantelamiento de planes de ayuda a la dependencia o la emancipación.
No obstante, a cualquiera con una mínima capacidad analítica no le debe sorprender esta primera arremetida, 'el inicio del inicio', contra el estado del bienestar que tanto esfuerzo ha costado construir en nuestro país. No es nada nuevo que los dirigentes políticos incumplan sus promesas cuando logran el poder, pues una cosa es querer y otra poder. Lo que resulta extraño es que el primer asalto de un nuevo gobierno sea tan escandalosamente contradictorio con sus propuestas, pues si bien la situación económica exige acciones decididas y eficaces no es menos cierto que en este caso no sólo han traicionado el ritmo sino que se han limitado a justificar aquello por lo que destruyeron al anterior gobierno permitiéndoles obtener el poder.
Tampoco era un secreto para los observadores agudos que las medidas adoptadas por los gobiernos autonómicos de derechas ya anunciaban claramente el estilo que iba a regir las acciones del nuevo ejecutivo. Difícilmente cabría esperar del gobierno central una política distinta a la que llevan a cabo en Madrid o Castilla-La Mancha sus respectivas gobernantas, con un entusiasmo inusitado.
A la fuerza ahorcan, y ahora echan mano a los mismos argumentos que llevaron a Zapatero a traicionar sus más íntimas convicciones ideológicas. Agradecida debería estar la derecha por que el socialismo le haya allanado un camino que ellos saben transitar con pericia, pues ahora no queda más que desarrollar los planes que hundieron al PSOE.
Lo grave en toda esta obviedad es que la derecha recurra una vez más a la mentira. Aparecer ante la opinión pública asegurando que desconocían la magnitud del déficit acumulado es una auténtica falta de respeto a la sociedad y al Estado de Derecho. Es vergonzoso achacar al Gobierno saliente esa falta de información, cuando sabían perfectamente y por diferentes fuentes que ese déficit es el resultado de la catastrófica gestión de los gobiernos autonómicos, y más cuando algunos de los más endeudados están gobernados por su gente. Es difícil aceptar que con el servilismo demostrado por los presidentes regionales del PP, su líder no conociera con certeza la verdadera situación de sus tesorerías.
Cierto es que mentir forma parte del estilo de los conservadores; basta con recordar cómo gestionaron las crisis de Irak, el accidente del Yak-42, el naufragio del Prestige y, por encima de todo y todos, los atentados de Madrid en 2004. La mentira forma parte de la estrategia de la derecha, y así la han empleado durante sus ocho años de oposición sin ningún pudor, hasta obtener unos réditos demasiado sustanciosos para la mezquina labor de destrucción emprendida contra el PSOE. Pero iniciar la legislatura con una mentira no deja de ser desasosegante, a pesar de que no resulte una novedad tratándose de estos individuos.
Supongo que a la oposición le debe haber pillado con el paso cambiado tal alarde de desvergüenza, pues no de otra forma puedo entender la tibieza con la que han recibido semejantes medidas. Estoy esperando escuchar a esos majaderos, ocultos tras esas ridículas máscaras, que defienden el expolio digital de la obra cultural, después de que se haya aprobado la ley contra las descargas ilegales por Internet. No oigo el griterío que se alzaba cada vez que al Gobierno socialista se le ocurría esquivar alguna entrada salvaje del capitalismo con medidas que pocos parecían entender, pero que mantenían al país a salvo de esos peligrosos rescates financieros. En medio de este silencio sospechoso, sólo la retórica parda de esa especie de juglar de la política que atiende por Llamazares parece resonar con estruendo en el vacío, pues ni siquiera el rústico jefe de los comunistas ha estado a la altura, quizás por que nadie le recuerde que su gente sigue sustentando al gobierno de derechas en Extremadura. ¿Y aquellos agresivos sindicalistas siempre al acecho del Gobierno socialista, recordándole continuamente sus desvíos de la ortodoxia ideológica y movilizando a sus tropas? Espero que en los próximos días estén a la altura de las circunstancias.
El socialismo perdió la batalla de la comunicación durante la última legislatura. Con un apoyo mediático fundamental, la derecha supo gestionar con astucia todas sus arremetidas contra el Gobierno del PSOE, sin ningún rubor a la hora de administrar insidias, mentiras e infundios. Ahora es necesario que la socialdemocracia se rehaga y arme una buena estrategia de comunicación, de forma que se pueda contrarrestar el enorme poder informativo que acumulará la derecha durante los próximos cuatro años. Y para muestra no hay más que ver la portada de hoy de La Razón: 'El Gobierno de la verdad', titula a toda plana. Para echarse a temblar.
Así, no sólo se mantienen y amplían los recortes salariales impuestos por los socialistas a los funcionarios, sino que la derecha en el poder hace suyas ahora propuestas que defendía el candidato del PSOE durante la campaña, tales como la subida de impuestos, completándolas con la congelación del salario mínimo y el desmantelamiento de planes de ayuda a la dependencia o la emancipación.
No obstante, a cualquiera con una mínima capacidad analítica no le debe sorprender esta primera arremetida, 'el inicio del inicio', contra el estado del bienestar que tanto esfuerzo ha costado construir en nuestro país. No es nada nuevo que los dirigentes políticos incumplan sus promesas cuando logran el poder, pues una cosa es querer y otra poder. Lo que resulta extraño es que el primer asalto de un nuevo gobierno sea tan escandalosamente contradictorio con sus propuestas, pues si bien la situación económica exige acciones decididas y eficaces no es menos cierto que en este caso no sólo han traicionado el ritmo sino que se han limitado a justificar aquello por lo que destruyeron al anterior gobierno permitiéndoles obtener el poder.
Tampoco era un secreto para los observadores agudos que las medidas adoptadas por los gobiernos autonómicos de derechas ya anunciaban claramente el estilo que iba a regir las acciones del nuevo ejecutivo. Difícilmente cabría esperar del gobierno central una política distinta a la que llevan a cabo en Madrid o Castilla-La Mancha sus respectivas gobernantas, con un entusiasmo inusitado.
A la fuerza ahorcan, y ahora echan mano a los mismos argumentos que llevaron a Zapatero a traicionar sus más íntimas convicciones ideológicas. Agradecida debería estar la derecha por que el socialismo le haya allanado un camino que ellos saben transitar con pericia, pues ahora no queda más que desarrollar los planes que hundieron al PSOE.
Lo grave en toda esta obviedad es que la derecha recurra una vez más a la mentira. Aparecer ante la opinión pública asegurando que desconocían la magnitud del déficit acumulado es una auténtica falta de respeto a la sociedad y al Estado de Derecho. Es vergonzoso achacar al Gobierno saliente esa falta de información, cuando sabían perfectamente y por diferentes fuentes que ese déficit es el resultado de la catastrófica gestión de los gobiernos autonómicos, y más cuando algunos de los más endeudados están gobernados por su gente. Es difícil aceptar que con el servilismo demostrado por los presidentes regionales del PP, su líder no conociera con certeza la verdadera situación de sus tesorerías.
Cierto es que mentir forma parte del estilo de los conservadores; basta con recordar cómo gestionaron las crisis de Irak, el accidente del Yak-42, el naufragio del Prestige y, por encima de todo y todos, los atentados de Madrid en 2004. La mentira forma parte de la estrategia de la derecha, y así la han empleado durante sus ocho años de oposición sin ningún pudor, hasta obtener unos réditos demasiado sustanciosos para la mezquina labor de destrucción emprendida contra el PSOE. Pero iniciar la legislatura con una mentira no deja de ser desasosegante, a pesar de que no resulte una novedad tratándose de estos individuos.
Supongo que a la oposición le debe haber pillado con el paso cambiado tal alarde de desvergüenza, pues no de otra forma puedo entender la tibieza con la que han recibido semejantes medidas. Estoy esperando escuchar a esos majaderos, ocultos tras esas ridículas máscaras, que defienden el expolio digital de la obra cultural, después de que se haya aprobado la ley contra las descargas ilegales por Internet. No oigo el griterío que se alzaba cada vez que al Gobierno socialista se le ocurría esquivar alguna entrada salvaje del capitalismo con medidas que pocos parecían entender, pero que mantenían al país a salvo de esos peligrosos rescates financieros. En medio de este silencio sospechoso, sólo la retórica parda de esa especie de juglar de la política que atiende por Llamazares parece resonar con estruendo en el vacío, pues ni siquiera el rústico jefe de los comunistas ha estado a la altura, quizás por que nadie le recuerde que su gente sigue sustentando al gobierno de derechas en Extremadura. ¿Y aquellos agresivos sindicalistas siempre al acecho del Gobierno socialista, recordándole continuamente sus desvíos de la ortodoxia ideológica y movilizando a sus tropas? Espero que en los próximos días estén a la altura de las circunstancias.
El socialismo perdió la batalla de la comunicación durante la última legislatura. Con un apoyo mediático fundamental, la derecha supo gestionar con astucia todas sus arremetidas contra el Gobierno del PSOE, sin ningún rubor a la hora de administrar insidias, mentiras e infundios. Ahora es necesario que la socialdemocracia se rehaga y arme una buena estrategia de comunicación, de forma que se pueda contrarrestar el enorme poder informativo que acumulará la derecha durante los próximos cuatro años. Y para muestra no hay más que ver la portada de hoy de La Razón: 'El Gobierno de la verdad', titula a toda plana. Para echarse a temblar.
martes, 29 de noviembre de 2011
Silencio elocuente
Cunde el nerviosismo en las redacciones de los medios de comunicación. El líder de la derecha y próximo timonel de los destinos de España continúa sin darles alpiste. No paran de cantar los periodistas ávidos de que empiece la fiesta y hasta a los aduladores se les nota cierta inquietud. Todos quieren que empiecen a caer los titulares y no cejan en sacudir el árbol, pero ni por esas. El nuevo caudillo es tenaz en su silencio, y ni siquiera sus vasallos más cercanos son capaces de contener su natural verborrea. De vez en cuando se desliza bajo la puerta del búnker algún matiz de lo que nos espera, pero nada lo suficientemente atractivo para que merezca el interés. Hasta las fuentes bien informadas parecen haberse secado, y sus confidentes pasan una sed insufrible.
¿Hablar? ¿Para qué? El rey de las locuciones no dice ni pío. Deja a alguno de sus notables que regatee al personal en las salas de prensa con crípticos mensajes que alimentan el desconcierto y estimulan las conjeturas. ¿Qué pasará dentro de 23 días? ¿Qué planes guarda celosamente el próximo presidente para calmar los ánimos de la población? ¿Vendrán tiempos oscuros o escampará cuando se haga con el cetro del poder absoluto? Dudas, dudas, dudas, dudas.
Mientras, en los territorios conquistados los feudatarios del nuevo régimen afilan las cuchillas y emprenden ese desmantelamiento del estado del bienestar echando a volar una retórica cuajada de eufemismos, soberbia y elusiones. ¿Para qué contar lo que se hará a partir de enero, si mis huestes ya lo están ejecutando con presteza en toda España? Para cuando el gran hombre discursee ya estará todo en marcha, y sólo será necesario elegir el ritmo adecuado para que no decaiga la marcha. Las hostias ya se las llevará quien corresponda, y mientras es mejor ir mareando la perdiz con aquellos que algo tendrán que decir cuando se desencadene el temporal: empresarios, banqueros, sindicatos y demás fuerzas vivas de una sociedad aturdida y expectante.
Deberían ir acostumbrándose los periodistas a recibir el alimento como si fueran pollos en una explotación ganadera. Unos están destinados a poner los huevos y los otros al matadero. Más de tres lustros sufriendo a la derecha en el poder curten los análisis, y si el tono general de su gestión lo va a marcar el estilo que ya han demostrado en esos territorios dominados, mucho me temo que la prensa española va a sufrir hambruna. Maestros en el arte de la propaganda, los estrategas de la derecha son capaces de negar lo evidente sin descomponer el semblante, con una naturalidad eclesiástica. Y al que no le guste, que le vayan dando por donde amargan los pepinos pues con el control absoluto de los recursos de un país es muy difícil prosperar si no se rinde vasallaje.
Quizás ahora que los silencios van a ser norma, los periodistas empiecen a adquirir esa perspectiva que les ha faltado durante estos últimos años y comprendan que la derecha no da nada sin recibir algo a cambio. Y el tributo se llama sumisión. Que diez millones de almas afines son muchas para andarse con remilgos y críticas a una gestión que parece más una revelación que el producto necesario de la realidad. Triste destino además de aquellos que piensen en la libertad de expresión como medio para contrarrestar la soberbia y el autoritarismo de unos individuos que ya se creen investidos de la potestad para hacer del país lo que les convenga. Les espera el olvido o algo peor.
Sólo si hay quien se decide a invertir en sentido crítico a riesgo de perder patrimonio, será posible plantar cara a la sucesión de soliloquios que nos esperan. Pero eso hoy es una quimera, sobre todo cuando quienes podrían hacerlo andan más ocupados en tapar los agujeros del casco que en reforzar la nave. Y así será muy difícil que esta gente entre en razón.
¿Qué queda entonces sino la acción popular? La calle será el nuevo escenario de la crítica, aunque visto el talante de los guardianes de la ortodoxia ciudadana es probable que termine siendo un fiasco y la hartura se cebe entre las masas hasta conducirlas al conformismo. Al fin y al cabo, cuatro años pasan rápido y siempre quedará el alivio de las urnas para devolver la cordura al país. Ahora bien, también es cierto que cuatro años dan para mucho y nadie sabe si lo que nos encontremos para entonces podrá ser rescatado.
No hay equilibrio en el control institucional, y sabiendo cómo se las gastan en la derecha mucho habrá que bregar para que se oiga la voz de la sociedad maltratada. Y más si como es lógico comienza en este periodo a despuntar el nuevo ciclo de recuperación económica que siempre sigue a las tinieblas. Sin embargo, habrá que estar muy pendientes del tributo que habrá que pagar por esa mejora y, sobre todo, si en ella no se ocultará de nuevo el mal de la crisis como así sucedió durante aquel añorado tiempo en el que hasta los chuchos vivían como marqueses.
¿Habrá aprendido la lección el pueblo? No lo creo.
Al tiempo.
¿Hablar? ¿Para qué? El rey de las locuciones no dice ni pío. Deja a alguno de sus notables que regatee al personal en las salas de prensa con crípticos mensajes que alimentan el desconcierto y estimulan las conjeturas. ¿Qué pasará dentro de 23 días? ¿Qué planes guarda celosamente el próximo presidente para calmar los ánimos de la población? ¿Vendrán tiempos oscuros o escampará cuando se haga con el cetro del poder absoluto? Dudas, dudas, dudas, dudas.
Mientras, en los territorios conquistados los feudatarios del nuevo régimen afilan las cuchillas y emprenden ese desmantelamiento del estado del bienestar echando a volar una retórica cuajada de eufemismos, soberbia y elusiones. ¿Para qué contar lo que se hará a partir de enero, si mis huestes ya lo están ejecutando con presteza en toda España? Para cuando el gran hombre discursee ya estará todo en marcha, y sólo será necesario elegir el ritmo adecuado para que no decaiga la marcha. Las hostias ya se las llevará quien corresponda, y mientras es mejor ir mareando la perdiz con aquellos que algo tendrán que decir cuando se desencadene el temporal: empresarios, banqueros, sindicatos y demás fuerzas vivas de una sociedad aturdida y expectante.
Deberían ir acostumbrándose los periodistas a recibir el alimento como si fueran pollos en una explotación ganadera. Unos están destinados a poner los huevos y los otros al matadero. Más de tres lustros sufriendo a la derecha en el poder curten los análisis, y si el tono general de su gestión lo va a marcar el estilo que ya han demostrado en esos territorios dominados, mucho me temo que la prensa española va a sufrir hambruna. Maestros en el arte de la propaganda, los estrategas de la derecha son capaces de negar lo evidente sin descomponer el semblante, con una naturalidad eclesiástica. Y al que no le guste, que le vayan dando por donde amargan los pepinos pues con el control absoluto de los recursos de un país es muy difícil prosperar si no se rinde vasallaje.
Quizás ahora que los silencios van a ser norma, los periodistas empiecen a adquirir esa perspectiva que les ha faltado durante estos últimos años y comprendan que la derecha no da nada sin recibir algo a cambio. Y el tributo se llama sumisión. Que diez millones de almas afines son muchas para andarse con remilgos y críticas a una gestión que parece más una revelación que el producto necesario de la realidad. Triste destino además de aquellos que piensen en la libertad de expresión como medio para contrarrestar la soberbia y el autoritarismo de unos individuos que ya se creen investidos de la potestad para hacer del país lo que les convenga. Les espera el olvido o algo peor.
Sólo si hay quien se decide a invertir en sentido crítico a riesgo de perder patrimonio, será posible plantar cara a la sucesión de soliloquios que nos esperan. Pero eso hoy es una quimera, sobre todo cuando quienes podrían hacerlo andan más ocupados en tapar los agujeros del casco que en reforzar la nave. Y así será muy difícil que esta gente entre en razón.
¿Qué queda entonces sino la acción popular? La calle será el nuevo escenario de la crítica, aunque visto el talante de los guardianes de la ortodoxia ciudadana es probable que termine siendo un fiasco y la hartura se cebe entre las masas hasta conducirlas al conformismo. Al fin y al cabo, cuatro años pasan rápido y siempre quedará el alivio de las urnas para devolver la cordura al país. Ahora bien, también es cierto que cuatro años dan para mucho y nadie sabe si lo que nos encontremos para entonces podrá ser rescatado.
No hay equilibrio en el control institucional, y sabiendo cómo se las gastan en la derecha mucho habrá que bregar para que se oiga la voz de la sociedad maltratada. Y más si como es lógico comienza en este periodo a despuntar el nuevo ciclo de recuperación económica que siempre sigue a las tinieblas. Sin embargo, habrá que estar muy pendientes del tributo que habrá que pagar por esa mejora y, sobre todo, si en ella no se ocultará de nuevo el mal de la crisis como así sucedió durante aquel añorado tiempo en el que hasta los chuchos vivían como marqueses.
¿Habrá aprendido la lección el pueblo? No lo creo.
Al tiempo.
jueves, 24 de noviembre de 2011
Empieza la exclusión
Que los pobres no nos amarguen la fiesta. Es mejor hacerlos invisibles e impedir que sus necesidades mermen las condiciones de vida de quienes, al fin y al cabo, aún mantienen una situación económica más o menos estable y, además, están acojonados porque esta crisis no respeta a nadie. Además, qué son cinco millones de parados si una buena parte de los mismos se conforma con vivir en negro, explotados por esos que reclaman más ventajas para sus empresas sin ofrecer a cambio ni una oportunidad al desarrollo.
Los que ya eran pobres antes de que la crisis empezara a causar estragos entre la confiada clase media española, no tienen ya nada que perder y además han asumido naturalmente su condición de excluidos refugiándose en sus microsociedades de vulgaridad y subsistencia. Esos otros que vinieron de otros países en busca de una oportunidad para mejorar sus miserables vidas siempre pueden largarse de España, a menos que reúnan las características precisas para satisfacer las necesidades de la clase pudiente, en la que se incluyen muchos políticos, y acepten esa nueva y humillante esclavitud que les ofrecen; sólo tienen que desarrollar su capacidad de sumisión. Y aquellos que han caído en desgracia no tienen más que buscar la compasión de sus familiares o sencillamente reconocerse como menesterosos y mendigar la caridad del estado bajo la etiqueta de 'sin recursos'.
Que no se preocupe nadie, pues hay para todos. Otra cosa es que unos coman caliente y los otros se conformen con las sobras. A salvo las rentas de esa mezquina oligarquía burguesa que nutre con entusiasmo las arcas electorales de la derecha, ahora solo queda protegerlos de la incómoda presencia de los nuevos miserables. Nada mejor que echar mano de la libertad y volverle a dar una mano de esa mugre perversa que tan bien administran los neoliberales. Y así, con una simple maniobra legal imponer la selección de los usuarios de los servicios públicos aplicando esa falacia a la que llaman libertad de elección.
Sobre ella se sostiene ese intento de la derecha madrileña de establecer las unidades únicas en sanidad y educación o la mezquina y desvergonzada forma de negar la asistencia sanitaria a quienes han dejado de pertenecer al sistema, ya sea por desempleo o desarraigo, que están llevando a cabo en Murcia y Galicia. En el caso de Madrid, los pudientes burgueses podrán elegir colegio para sus hijos y, de no haberlo parado la Justicia, hasta la atención sanitaria que crean más apropiada para sus delicadas y exigentes saludes. No creo que los hijos de parados o inmigrantes de Lavapiés puedan ir a estudiar en masa a un colegio de Chamberí, ni que los hijos de los acomodados residentes del barrio de Salamanca decidan ir a hacerlo en Carabanchel. Cada cual en su espacio y dios en el de todos.
De nada sirve que la oposición se queje, porque ya pinta poco en el escenario político español. Y eso de sacar a las masas a la calle está por ver que surta efecto, dado que son muchos más los que prefieren no meterse en camisa de once varas y aún más los que están adiestrados para tragar carros y carretas con tal de no perder el chusco de pan con el que se conforman en tiempos tan inciertos como estos. Así, las cuentas a la derecha les salen cuadradas, y no creo que una manifestación más que otra les arredre para llevar a cabo esta copia imperfecta del modelo anglosajón que aplica a rajatabla aquello de que cada perrico se lama su pijico, y el que no llegue que le den por saco.
Con el socialismo entretenido en estofados internos, y unos comunistas tan enfervorecidos como irrelevantes, mucho me temo que nos espera una dosis letal de sacrificio y estupor. Movidos por ese ideario católico que apela a la compasión como bálsamo social, los dirigentes de la derecha aplicarán el rasero que les conviene para mantener contentos a esos todos que son los suyos, y mantener a raya a esos todos que no cuentan en sus cálculos de poder.
Al tiempo.
Los que ya eran pobres antes de que la crisis empezara a causar estragos entre la confiada clase media española, no tienen ya nada que perder y además han asumido naturalmente su condición de excluidos refugiándose en sus microsociedades de vulgaridad y subsistencia. Esos otros que vinieron de otros países en busca de una oportunidad para mejorar sus miserables vidas siempre pueden largarse de España, a menos que reúnan las características precisas para satisfacer las necesidades de la clase pudiente, en la que se incluyen muchos políticos, y acepten esa nueva y humillante esclavitud que les ofrecen; sólo tienen que desarrollar su capacidad de sumisión. Y aquellos que han caído en desgracia no tienen más que buscar la compasión de sus familiares o sencillamente reconocerse como menesterosos y mendigar la caridad del estado bajo la etiqueta de 'sin recursos'.
Que no se preocupe nadie, pues hay para todos. Otra cosa es que unos coman caliente y los otros se conformen con las sobras. A salvo las rentas de esa mezquina oligarquía burguesa que nutre con entusiasmo las arcas electorales de la derecha, ahora solo queda protegerlos de la incómoda presencia de los nuevos miserables. Nada mejor que echar mano de la libertad y volverle a dar una mano de esa mugre perversa que tan bien administran los neoliberales. Y así, con una simple maniobra legal imponer la selección de los usuarios de los servicios públicos aplicando esa falacia a la que llaman libertad de elección.
Sobre ella se sostiene ese intento de la derecha madrileña de establecer las unidades únicas en sanidad y educación o la mezquina y desvergonzada forma de negar la asistencia sanitaria a quienes han dejado de pertenecer al sistema, ya sea por desempleo o desarraigo, que están llevando a cabo en Murcia y Galicia. En el caso de Madrid, los pudientes burgueses podrán elegir colegio para sus hijos y, de no haberlo parado la Justicia, hasta la atención sanitaria que crean más apropiada para sus delicadas y exigentes saludes. No creo que los hijos de parados o inmigrantes de Lavapiés puedan ir a estudiar en masa a un colegio de Chamberí, ni que los hijos de los acomodados residentes del barrio de Salamanca decidan ir a hacerlo en Carabanchel. Cada cual en su espacio y dios en el de todos.
De nada sirve que la oposición se queje, porque ya pinta poco en el escenario político español. Y eso de sacar a las masas a la calle está por ver que surta efecto, dado que son muchos más los que prefieren no meterse en camisa de once varas y aún más los que están adiestrados para tragar carros y carretas con tal de no perder el chusco de pan con el que se conforman en tiempos tan inciertos como estos. Así, las cuentas a la derecha les salen cuadradas, y no creo que una manifestación más que otra les arredre para llevar a cabo esta copia imperfecta del modelo anglosajón que aplica a rajatabla aquello de que cada perrico se lama su pijico, y el que no llegue que le den por saco.
Con el socialismo entretenido en estofados internos, y unos comunistas tan enfervorecidos como irrelevantes, mucho me temo que nos espera una dosis letal de sacrificio y estupor. Movidos por ese ideario católico que apela a la compasión como bálsamo social, los dirigentes de la derecha aplicarán el rasero que les conviene para mantener contentos a esos todos que son los suyos, y mantener a raya a esos todos que no cuentan en sus cálculos de poder.
Al tiempo.
lunes, 21 de noviembre de 2011
Otro 20 de noviembre
Tres décadas y media después, de nuevo el 20 de noviembre marca un punto de inflexión en la Historia de España. Pero si en 1975 fue circunstancial, pues no creo que el dictador eligiera esa fecha para morirse, en 2011 ha sido deliberado y probablemente dentro de unos cuantos años se recuerde ese día como referente del nuevo tiempo que marcará los destinos de este país. No en vano, el escenario resultante de las elecciones generales determinará en buena medida el diseño político, social y económico que dibujarán los acontecimientos que, desde este momento, se sucederán durante un periodo de duración incierta. Lo interesante del proceso será comprobar el efecto que producirá en nuestras vidas y su resultado final.
Elementos de juicio hay de sobra para hacerse una idea clara de lo que nos espera, aunque bien es cierto que las condiciones económicas y sociales, ya no sólo en España sino en nuestro contexto internacional, influirán irremediablemente en el proceso político que se inicia ahora. Hasta qué punto podrá el nuevo gobierno realizar la gestión adecuada para afrontar estos desafíos es una incógnita, y no tanto porque no se sepa con certeza qué planes tienen sus responsables sino más bien por que es demasiado bien conocida nuestra actual debilidad frente a las implacables arremetidas del poder financiero.
Este inquietante punto de partida no es nada tranquilizador, por cuanto no sólo el desafío es extremo tanto como desasosegante la complacencia de los nuevos gobernantes con los intereses de quienes nos asedian. Y así, no alivia pensar que la presunta fortaleza del poder absoluto sea una garantía ni para apaciguar la voracidad de los mercados, ni mucho menos para preservar o al menos defender el estado del bienestar tal y como lo conocemos ahora. La enorme hipoteca que arrastra el Estado supone un pesado lastre para cualquier gobierno por mucha fuerza institucional que posea, y en tanto el capital no entiende de ideologías sino de hechos, es muy posible que este nuevo periodo traiga consigo unos sacrificios difíciles de aceptar por la misma ciudadanía que ayer le procuró el poder absoluto a la derecha, en otro ejercicio de ese apasionamiento insensato que ha caracterizado al pueblo español a lo largo de su historia.
Si la euforia por la victoria entre los dirigentes de la derecha no podía ocultar ese poso de amargura que le depara el tenebroso camino que habrán de recorrer a partir de ahora, no menos amargo resultaba el gesto contenido del candidato socialista quien en su deliberada soledad intentaba completar el ingrato servicio ofrecido a un partido descompuesto. La de ayer fue en conjunto una jornada penosa para los dos principales partidos, a los vencedores por lo que les espera a partir de ahora y al perdedor por comprobar la ruina de su proyecto político. Entre ambos resonaba el pueril entusiasmo de quienes han hecho caja con la sangría ajena, a sabiendas de que su lugar en este nuevo orden sigue siendo irrelevante.
Muchas son las evidencias que proporciona este nuevo reparto del poder institucional en España y ninguna de ellas ofrece el más mínimo motivo para el entusiasmo. En primer lugar, la derecha logra el poder absoluto en el Estado con 186 diputados. Ni ese rescoldo de esperanza que siempre permanece a pesar de los insistentes presagios ha tenido en esta ocasión una oportunidad. Conforme iban apareciendo datos oficiales no asombraba tanto la confirmación de las predicciones con respecto al vencedor anunciado, como que refutaran a peor el resultado que las mismas concedían al PSOE. El perverso modelo electoral que rige en España ha impuesto su virtud de favorecer al ganador con un resultado que no refleja en realidad el apoyo efectivo recibido del electorado, pues apenas ha obtenido algo más de medio millón de votos con respecto a las elecciones de 2008.
Ese es un dato que debería tener en cuenta la derecha a la hora de administrar lo obtenido. Ni en los momentos más propicios logra el PP alcanzar los votos suficientes para afirmar el poder, y en esas circunstancias una representación mayoritaria en el Parlamento puede convertirse en un arma defectuosa. A pesar de su evidente incremento representativo, saben los estrategas de la derecha que su poder es aún vulnerable y bien harían en no dejarse llevar por la soberbia en un momento tan sensible para el pueblo español. Ya que si bien semejante mayoría les garantiza cierta comodidad para completar la legislatura, no es menos cierto que una gestión contundente puede acarrearles no pocos problemas sociales y, seguramente, una más que previsible derrota futura. Y más si se tiene en cuenta que la grave situación del país les exige esa eficiencia que han predicado durante los últimos años y, a la vez, cautela y perspectiva a la hora de tomar decisiones. De poco sirve ya la retórica y menos aún el victimismo; el recurso de la herencia recibida colará menos de lo que creen entre el electorado, y el previsible deterioro de las condiciones económicas y sociales durante los próximos meses puede convertir la calle en un poderoso enemigo a poco que se dejen llevar por sus veleidades ultraliberales. El magro aumento de votos les demuestra que no han ganado la suficiente confianza del electorado como para disfrazar con autoritarismo la demora en las soluciones efectivas a los problemas de la población.
Dos circunstancias juegan, no obstante, a su favor. La primera es el enorme poder territorial que posee el PP. A falta de saber qué sucederá en Andalucía, cuando en marzo se celebren las elecciones autonómicas allí, la derecha cuenta ahora con el apoyo firme de la mayoría de autonomías y ayuntamientos. Si no se dejan llevar por antojos centralistas, le será muy sencillo al Gobierno estatal repartir responsabilidades entre sus vasallos autonómicos, para administrar con más garantías los beneficios y perjuicios de las políticas que emprendan, sobre todo en lo que se refiere a los ajustes presupuestarios y la aplicación de las leyes sociales más controvertidas como la del aborto o el matrimonio entre homosexuales. Una decisión no exenta de riesgos, por cuanto puede acarrear el deterioro de los gobiernos regionales más débiles, pero que relativiza el impacto de las medidas más impopulares que tomen a partir de ahora.
El segundo factor favorable para la derecha en esta flamante legislatura es la atomización de la representación política en el Parlamento y, sobre todo, la fragmentación de la izquierda. Por fortuna, aún es el PSOE el que tiene la última palabra en cuanto a las reformas de calado que se propongan en el Congreso, dado que para obtener los dos tercios más uno de la Cámara es imprescindible su concurso. Sin embargo, su posición como primer partido de la oposición se ha debilitado considerablemente al irrumpir con mucha mayor fuerza tanto IU como UPyD que, posiblemente, articulen un discurso alternativo despojado de lastres institucionales y, por lo tanto, más cercano al ciudadano aunque no menos demagógico. En esta tesitura, la voluntad manifiesta del líder de la derecha de buscar el apoyo del resto de partidos para elaborar las políticas que hagan frente a la crisis económica y social puede convertirse en un arma poderosísima para anular la acción opositora de los partidos de izquierdas y, en mayor medida, del PSOE gracias a que probablemente contará de inicio con el apoyo de los nacionalistas catalanes, vascos y canarios aunque también es cierto que a éstos no les queda apenas margen de maniobra para imponer sus criterios e intereses.
La duda es si el PP, que ahora reclama al resto de partidos el apoyo y la lealtad que sus dirigentes negaron sistemáticamente al PSOE durante la pasada legislatura, impondrá sus criterios en un alarde de integrismo o si dará una oportunidad al diálogo y aceptará determinadas propuestas de la oposición que beneficien el interés general. Aunque visto lo visto y con el precedente de sus gobiernos autonómicos, es de temer que el rodillo parlamentario actúe de forma permanente y eso permita a la izquierda encontrar lugares comunes en los que oponer medidas que, aun siendo inútiles, sí que estimulen un estado de opinión entre la ciudadanía que contribuya a moderar mediante la acción social el previsible autoritarismo de la derecha. No obstante, la última palabra siempre la tendrán nuestros acreedores que no cejarán en su empeño de rentabilizar la debilidad de un Estado en horas bajas.
A pesar de todo, en la otra orilla no está todo perdido. Como ya he dicho, la apabullante victoria de la derecha y la acumulación de poder territorial puede convertirse en un inconveniente para su labor de gobierno, puesto que ya no habrá de cara a la opinión pública ningún recurso al que aferrarse para justificar los errores o las arbitrariedades que cometan sus dirigentes en el ejercicio del poder. Esta circunstancia puede presentarse como la gran oportunidad de la izquierda para renovar su imagen desde la unidad o, si ésta no fuese posible, desde el fortalecimiento del PSOE como partido hegemónico en detrimento de formaciones volubles como IU o UPyD.
Los resultados electorales demuestran que la caída del PSOE se debe a un trasvase de votos hacia esas dos formaciones políticas y a la abstención, dado que como queda dicho la derecha no ha conseguido aumentar sus apoyos en la misma medida que sus resultados. Es claro que, aunque tocado, el PSOE no ha perdido su potencial y sólo es necesario acertar en cómo recuperarlo. Siete millones de votos no es una cifra desdeñable y más cuando se sabe dónde están los cuatro y pico perdidos. Por eso, esta derrota se puede convertir en una oportunidad para regenerar de una vez por todas la izquierda española y ofrecer una alternativa ya no sólo creíble por el electorado, sino capaz de engendrar gobiernos fuertes que hagan frente con garantías y eficacia a los desafíos del capital, y asuman una posición de firmeza en las instituciones internacionales sin ceder terreno ideológico.
A pesar de que la soledad del candidato ante la derrota tuvo su toque de patetismo, hay que reconocer que la rapidez con que el secretario general del PSOE ha anunciado la convocatoria del congreso ordinario del partido es un signo de la voluntad de recomponer el destrozo, y afrontar la nueva legislatura desde la oposición con un nuevo aspecto más adecuado a las esencias ideológicas y adaptado a las exigencias de las actuales situaciones doméstica e internacional. El tiempo dirá si el proceso que se abrirá a partir de ahora en el PSOE toma el camino correcto o, sencillamente, procura matizar sus carencias en un nuevo ejercicio de ensimismamiento. El toque de atención recibido en las elecciones no debería dejar lugar a otra opción que no sea la renovación absoluta de sus dirigentes y el fortalecimiento de sus estrategias políticas en base a sus principios ideológicos. Y la primera tarea es buscar un líder.
Introduzco aquí una pequeña coda, porque quiero hacer hincapié en la a mi juicio no tan sorprendente soledad del candidato en su comparecencia pública tras la derrota de su partido. Y no me sorprende porque Rubalcaba fue coherente al culminar con ese acto un ejercicio de soledad. Sin poder orgánico alguno y con el enorme peso de su participación en el Gobierno ya proscrito, Rubalcaba se prestó a realizar un sacrificio supremo por el socialismo en el otoño de su carrera política. Estuvo sólo desde el principio y perdió solo, se rodeó de un grupo de personas tan entusiastas como impotentes ante la avalancha de unos hechos tan tenaces como desfavorables, y al final supo salvar el tipo consiguiendo mantener una cantidad de votos que permiten a su sucesor afrontar con garantías el penoso camino que le espera para recuperar la estima y la credibilidad del electorado de izquierdas. Rubalcaba ha sido como ese viejo y experimentado entrenador de fútbol a quien recurre la directiva de un prestigioso equipo en horas bajas en una especie de acto desesperado para salvar una temporada de fracasos; el hombre llega a un club dirigido por unos personajes resignados y huidizos, una plantilla desmotivada y más pendiente de sus carreras particulares y una afición que se debate entre el desconcierto y el desprecio por tantos disgustos y desengaños; el viejo entrenador sabe que le espera una misión casi imposible, pero con su saber hacer y mucha tenacidad logra evitar el descenso del equipo, aunque eso a ojos de sus indolentes jefes no sea suficiente ni alivie el malestar de la hinchada. Rubalcaba me recuerda a cuando el Real Madrid fichó a Arsenio Iglesias en 1996 con la esperanza de que pudiera enmendar la calamitosa campaña del equipo bajo el mando de Jorge Valdano. Iglesias vino con su cuaderno y su experiencia e hizo lo que pudo, pero se fue por la puerta de atrás.
La pregunta que me hago insistentemente hoy es si Rubalcaba puede ser ese líder que necesita el PSOE para conseguir reconstruir el partido desde la izquierda, y si no sumar los apoyos del resto de opciones de la misma ideología en un proyecto común que pueda asumir un discurso coherente y realista que atraiga a los votantes progresistas e ilusione al resto de la población, sí al menos fortalecer al partido con nuevas estrategias de comunicación e imponga una disciplina en sus dirigentes para crear una estructura federal que se aleje del tradicional cainismo, y devuelva a sus líderes regionales los argumentos precisos para que el proyecto socialista obtenga la difusión que necesita. Tras muchas vueltas llego a una conclusión provisional de que no creo que Rubalcaba sea la persona apropiada, tanto por pertenecer a una etapa que es necesario matizar como por su carencias políticas. Este hombre es un magnífico gestor pero le falta esa capacidad de seducción que un líder ha de tener para embelesar a las masas. Esa chispa. Aunque dicho esto, no tengo la menor duda de que sus conocimientos y sabiduría serán indispensables en esa necesaria regeneración política del socialismo.
Mucho camino le queda al PSOE por delante para reconstruir el destrozo causado por las urnas, aunque cuenta con dos ventajas. Una es la debilidad de los partidos que le disputan el espacio de la izquierda y la otra el enorme potencial humano del que dispone. Tanto en IU como en UPyD saben que los buenos resultados obtenidos en estas elecciones son accidentales, y que su labor parlamentaria se antojará irrelevante frente a la apisonadora de la derecha. De poco les servirá la retórica de sus dirigentes si al final sus propuestas no producen el efecto deseado, y sólo la administración del descontento social les podrá reportar ciertas glorias que no por estimables serán menos inanes cuando el electorado compruebe que sus demandas se estrellan contra el poderoso muro de la mayoría, y no disponen además de las instancias necesarias para canalizar sus reclamaciones al estar todas las instituciones del Estado en manos de la derecha.
A esa impotencia se unirá la excesiva fragmentación de la estructura orgánica de IU, con doce partidos en liza pastoreados por los monolíticos comunistas, y la carencia ideológica del partido de Rosa Díez, cuyo discurso ambiguo y demagógico terminará por diluirse en el pantano de la inconcreción y dejará de ser alternativa. Un partido prefabricado sin mucho desarrollo y otro que reedita la vieja impresión de una jaula de grillos en la que todos quieren ocupar un espacio de notoriedad. Quien conozca la historia sabrá que el peor enemigo de IU es su estructura construida sobre una falacia asamblearia dirigida con mano de hierro por el PCE, y más pronto que tarde ese enorme poder obtenido en las urnas desatará las guerras intestinas a las que ya tienen acostumbrado a su atribulada parroquia.
El PSOE quedará como única alternativa a la voracidad de la derecha y, al final como siempre, el electorado de izquierdas buscará refugio en sus propuestas. Será entonces el momento de afianzar a esa ciudadanía y ofrecer al resto de la izquierda la alternativa del proyecto común, aunque antes los nuevos líderes del socialismo deberán demostrar su aptitud para liderar ese proceso. No les queda otro camino, pues intentar disfrazar de falso progresismo una estructura caduca sólo contribuirá a fortalecer esa fragmentación de la izquierda. Perdido ya todo el poder, es el momento de que el PSOE recupere sus esencias ideológicas y ofrezca un proyecto en el que los progresistas nos sintamos identificados.
La derecha ha alcanzado en estas elecciones su tope y es más que probable que su acción de gobierno deteriore su imagen irremediablemente. El poder es una carga muy pesada y tanto como ha acumulado el PP puede aplastarle. No les queda a sus dirigentes mucho margen de maniobra, y ahora es el momento de demostrar su incapacidad y sus mentiras. Pero para eso es necesario que el PSOE cambie su estilo y abogue por una mejor comunicación, con mensajes creíbles y contundentes que demuestren a la sociedad que no ha renunciado a su identidad. Marcar las distancias con las instituciones gobernadas por la derecha y proteger el interés general siempre que se vea amenazado, pactando incluso con la derecha siempre que se acepten las condiciones indispensables para reforzar la visión de estado del socialismo ante la ciudadanía, y despojarse de ese divismo que ha caracterizado a algunos de sus dirigentes para acercarse más a la población y hacerle comprender que están con los ciudadanos.
Una metamorfosis que la actual situación les permite llevar a cabo con el sosiego necesario para no cometer errores. La cuestión es si sabrán hacerlo.
No me cabe la menor duda de que nos esperan tiempos muy duros aunque interesantes, pues España se enfrenta a un periodo insólito que pondrá a prueba nuestra cultura democrática. Siento la decepción por comprobar cómo se puede obtener el poder desde posturas destructivas e insidiosas, menospreciando esa lealtad que ahora reclama la derecha para afrontar las dificultades de la gestión que le espera, y con la complicidad de una sociedad que ha demostrado una insensatez que le pasará factura más pronto que tarde. Es cierto que sólo desde la unidad es posible resolver las complejas operaciones que permitirá salir de esta grave crisis económica, pero esa unidad no se puede obtener a cualquier precio y mucho me temo que la soberbia de la derecha no permitirá encontrar esos espacios de consenso tan imprescindibles en estos momentos. La presión que recibirá nuestro país a partir de ahora exige una amplitud de miras que no veo entre los dirigentes de la derecha y si bien el Gobierno saliente ha cometido enormes errores, justo es reconocer que al menos ha logrado que nuestro país conserve aún su soberanía. Esa es la mejor herencia que recibirá el nuevo Ejecutivo del PP, y sus miembros deberían ser capaces de administrarla con sentido de Estado y aprovechar que aún sobrevivimos como país para ofrecer generosidad y sensatez. Quizás así sea posible enfrentar el asedio y no tenga la sociedad que sufrir males mayores.
El tiempo lo dirá.
Elementos de juicio hay de sobra para hacerse una idea clara de lo que nos espera, aunque bien es cierto que las condiciones económicas y sociales, ya no sólo en España sino en nuestro contexto internacional, influirán irremediablemente en el proceso político que se inicia ahora. Hasta qué punto podrá el nuevo gobierno realizar la gestión adecuada para afrontar estos desafíos es una incógnita, y no tanto porque no se sepa con certeza qué planes tienen sus responsables sino más bien por que es demasiado bien conocida nuestra actual debilidad frente a las implacables arremetidas del poder financiero.
Este inquietante punto de partida no es nada tranquilizador, por cuanto no sólo el desafío es extremo tanto como desasosegante la complacencia de los nuevos gobernantes con los intereses de quienes nos asedian. Y así, no alivia pensar que la presunta fortaleza del poder absoluto sea una garantía ni para apaciguar la voracidad de los mercados, ni mucho menos para preservar o al menos defender el estado del bienestar tal y como lo conocemos ahora. La enorme hipoteca que arrastra el Estado supone un pesado lastre para cualquier gobierno por mucha fuerza institucional que posea, y en tanto el capital no entiende de ideologías sino de hechos, es muy posible que este nuevo periodo traiga consigo unos sacrificios difíciles de aceptar por la misma ciudadanía que ayer le procuró el poder absoluto a la derecha, en otro ejercicio de ese apasionamiento insensato que ha caracterizado al pueblo español a lo largo de su historia.
Si la euforia por la victoria entre los dirigentes de la derecha no podía ocultar ese poso de amargura que le depara el tenebroso camino que habrán de recorrer a partir de ahora, no menos amargo resultaba el gesto contenido del candidato socialista quien en su deliberada soledad intentaba completar el ingrato servicio ofrecido a un partido descompuesto. La de ayer fue en conjunto una jornada penosa para los dos principales partidos, a los vencedores por lo que les espera a partir de ahora y al perdedor por comprobar la ruina de su proyecto político. Entre ambos resonaba el pueril entusiasmo de quienes han hecho caja con la sangría ajena, a sabiendas de que su lugar en este nuevo orden sigue siendo irrelevante.
Muchas son las evidencias que proporciona este nuevo reparto del poder institucional en España y ninguna de ellas ofrece el más mínimo motivo para el entusiasmo. En primer lugar, la derecha logra el poder absoluto en el Estado con 186 diputados. Ni ese rescoldo de esperanza que siempre permanece a pesar de los insistentes presagios ha tenido en esta ocasión una oportunidad. Conforme iban apareciendo datos oficiales no asombraba tanto la confirmación de las predicciones con respecto al vencedor anunciado, como que refutaran a peor el resultado que las mismas concedían al PSOE. El perverso modelo electoral que rige en España ha impuesto su virtud de favorecer al ganador con un resultado que no refleja en realidad el apoyo efectivo recibido del electorado, pues apenas ha obtenido algo más de medio millón de votos con respecto a las elecciones de 2008.
Ese es un dato que debería tener en cuenta la derecha a la hora de administrar lo obtenido. Ni en los momentos más propicios logra el PP alcanzar los votos suficientes para afirmar el poder, y en esas circunstancias una representación mayoritaria en el Parlamento puede convertirse en un arma defectuosa. A pesar de su evidente incremento representativo, saben los estrategas de la derecha que su poder es aún vulnerable y bien harían en no dejarse llevar por la soberbia en un momento tan sensible para el pueblo español. Ya que si bien semejante mayoría les garantiza cierta comodidad para completar la legislatura, no es menos cierto que una gestión contundente puede acarrearles no pocos problemas sociales y, seguramente, una más que previsible derrota futura. Y más si se tiene en cuenta que la grave situación del país les exige esa eficiencia que han predicado durante los últimos años y, a la vez, cautela y perspectiva a la hora de tomar decisiones. De poco sirve ya la retórica y menos aún el victimismo; el recurso de la herencia recibida colará menos de lo que creen entre el electorado, y el previsible deterioro de las condiciones económicas y sociales durante los próximos meses puede convertir la calle en un poderoso enemigo a poco que se dejen llevar por sus veleidades ultraliberales. El magro aumento de votos les demuestra que no han ganado la suficiente confianza del electorado como para disfrazar con autoritarismo la demora en las soluciones efectivas a los problemas de la población.
Dos circunstancias juegan, no obstante, a su favor. La primera es el enorme poder territorial que posee el PP. A falta de saber qué sucederá en Andalucía, cuando en marzo se celebren las elecciones autonómicas allí, la derecha cuenta ahora con el apoyo firme de la mayoría de autonomías y ayuntamientos. Si no se dejan llevar por antojos centralistas, le será muy sencillo al Gobierno estatal repartir responsabilidades entre sus vasallos autonómicos, para administrar con más garantías los beneficios y perjuicios de las políticas que emprendan, sobre todo en lo que se refiere a los ajustes presupuestarios y la aplicación de las leyes sociales más controvertidas como la del aborto o el matrimonio entre homosexuales. Una decisión no exenta de riesgos, por cuanto puede acarrear el deterioro de los gobiernos regionales más débiles, pero que relativiza el impacto de las medidas más impopulares que tomen a partir de ahora.
El segundo factor favorable para la derecha en esta flamante legislatura es la atomización de la representación política en el Parlamento y, sobre todo, la fragmentación de la izquierda. Por fortuna, aún es el PSOE el que tiene la última palabra en cuanto a las reformas de calado que se propongan en el Congreso, dado que para obtener los dos tercios más uno de la Cámara es imprescindible su concurso. Sin embargo, su posición como primer partido de la oposición se ha debilitado considerablemente al irrumpir con mucha mayor fuerza tanto IU como UPyD que, posiblemente, articulen un discurso alternativo despojado de lastres institucionales y, por lo tanto, más cercano al ciudadano aunque no menos demagógico. En esta tesitura, la voluntad manifiesta del líder de la derecha de buscar el apoyo del resto de partidos para elaborar las políticas que hagan frente a la crisis económica y social puede convertirse en un arma poderosísima para anular la acción opositora de los partidos de izquierdas y, en mayor medida, del PSOE gracias a que probablemente contará de inicio con el apoyo de los nacionalistas catalanes, vascos y canarios aunque también es cierto que a éstos no les queda apenas margen de maniobra para imponer sus criterios e intereses.
La duda es si el PP, que ahora reclama al resto de partidos el apoyo y la lealtad que sus dirigentes negaron sistemáticamente al PSOE durante la pasada legislatura, impondrá sus criterios en un alarde de integrismo o si dará una oportunidad al diálogo y aceptará determinadas propuestas de la oposición que beneficien el interés general. Aunque visto lo visto y con el precedente de sus gobiernos autonómicos, es de temer que el rodillo parlamentario actúe de forma permanente y eso permita a la izquierda encontrar lugares comunes en los que oponer medidas que, aun siendo inútiles, sí que estimulen un estado de opinión entre la ciudadanía que contribuya a moderar mediante la acción social el previsible autoritarismo de la derecha. No obstante, la última palabra siempre la tendrán nuestros acreedores que no cejarán en su empeño de rentabilizar la debilidad de un Estado en horas bajas.
A pesar de todo, en la otra orilla no está todo perdido. Como ya he dicho, la apabullante victoria de la derecha y la acumulación de poder territorial puede convertirse en un inconveniente para su labor de gobierno, puesto que ya no habrá de cara a la opinión pública ningún recurso al que aferrarse para justificar los errores o las arbitrariedades que cometan sus dirigentes en el ejercicio del poder. Esta circunstancia puede presentarse como la gran oportunidad de la izquierda para renovar su imagen desde la unidad o, si ésta no fuese posible, desde el fortalecimiento del PSOE como partido hegemónico en detrimento de formaciones volubles como IU o UPyD.
Los resultados electorales demuestran que la caída del PSOE se debe a un trasvase de votos hacia esas dos formaciones políticas y a la abstención, dado que como queda dicho la derecha no ha conseguido aumentar sus apoyos en la misma medida que sus resultados. Es claro que, aunque tocado, el PSOE no ha perdido su potencial y sólo es necesario acertar en cómo recuperarlo. Siete millones de votos no es una cifra desdeñable y más cuando se sabe dónde están los cuatro y pico perdidos. Por eso, esta derrota se puede convertir en una oportunidad para regenerar de una vez por todas la izquierda española y ofrecer una alternativa ya no sólo creíble por el electorado, sino capaz de engendrar gobiernos fuertes que hagan frente con garantías y eficacia a los desafíos del capital, y asuman una posición de firmeza en las instituciones internacionales sin ceder terreno ideológico.
A pesar de que la soledad del candidato ante la derrota tuvo su toque de patetismo, hay que reconocer que la rapidez con que el secretario general del PSOE ha anunciado la convocatoria del congreso ordinario del partido es un signo de la voluntad de recomponer el destrozo, y afrontar la nueva legislatura desde la oposición con un nuevo aspecto más adecuado a las esencias ideológicas y adaptado a las exigencias de las actuales situaciones doméstica e internacional. El tiempo dirá si el proceso que se abrirá a partir de ahora en el PSOE toma el camino correcto o, sencillamente, procura matizar sus carencias en un nuevo ejercicio de ensimismamiento. El toque de atención recibido en las elecciones no debería dejar lugar a otra opción que no sea la renovación absoluta de sus dirigentes y el fortalecimiento de sus estrategias políticas en base a sus principios ideológicos. Y la primera tarea es buscar un líder.
Introduzco aquí una pequeña coda, porque quiero hacer hincapié en la a mi juicio no tan sorprendente soledad del candidato en su comparecencia pública tras la derrota de su partido. Y no me sorprende porque Rubalcaba fue coherente al culminar con ese acto un ejercicio de soledad. Sin poder orgánico alguno y con el enorme peso de su participación en el Gobierno ya proscrito, Rubalcaba se prestó a realizar un sacrificio supremo por el socialismo en el otoño de su carrera política. Estuvo sólo desde el principio y perdió solo, se rodeó de un grupo de personas tan entusiastas como impotentes ante la avalancha de unos hechos tan tenaces como desfavorables, y al final supo salvar el tipo consiguiendo mantener una cantidad de votos que permiten a su sucesor afrontar con garantías el penoso camino que le espera para recuperar la estima y la credibilidad del electorado de izquierdas. Rubalcaba ha sido como ese viejo y experimentado entrenador de fútbol a quien recurre la directiva de un prestigioso equipo en horas bajas en una especie de acto desesperado para salvar una temporada de fracasos; el hombre llega a un club dirigido por unos personajes resignados y huidizos, una plantilla desmotivada y más pendiente de sus carreras particulares y una afición que se debate entre el desconcierto y el desprecio por tantos disgustos y desengaños; el viejo entrenador sabe que le espera una misión casi imposible, pero con su saber hacer y mucha tenacidad logra evitar el descenso del equipo, aunque eso a ojos de sus indolentes jefes no sea suficiente ni alivie el malestar de la hinchada. Rubalcaba me recuerda a cuando el Real Madrid fichó a Arsenio Iglesias en 1996 con la esperanza de que pudiera enmendar la calamitosa campaña del equipo bajo el mando de Jorge Valdano. Iglesias vino con su cuaderno y su experiencia e hizo lo que pudo, pero se fue por la puerta de atrás.
La pregunta que me hago insistentemente hoy es si Rubalcaba puede ser ese líder que necesita el PSOE para conseguir reconstruir el partido desde la izquierda, y si no sumar los apoyos del resto de opciones de la misma ideología en un proyecto común que pueda asumir un discurso coherente y realista que atraiga a los votantes progresistas e ilusione al resto de la población, sí al menos fortalecer al partido con nuevas estrategias de comunicación e imponga una disciplina en sus dirigentes para crear una estructura federal que se aleje del tradicional cainismo, y devuelva a sus líderes regionales los argumentos precisos para que el proyecto socialista obtenga la difusión que necesita. Tras muchas vueltas llego a una conclusión provisional de que no creo que Rubalcaba sea la persona apropiada, tanto por pertenecer a una etapa que es necesario matizar como por su carencias políticas. Este hombre es un magnífico gestor pero le falta esa capacidad de seducción que un líder ha de tener para embelesar a las masas. Esa chispa. Aunque dicho esto, no tengo la menor duda de que sus conocimientos y sabiduría serán indispensables en esa necesaria regeneración política del socialismo.
Mucho camino le queda al PSOE por delante para reconstruir el destrozo causado por las urnas, aunque cuenta con dos ventajas. Una es la debilidad de los partidos que le disputan el espacio de la izquierda y la otra el enorme potencial humano del que dispone. Tanto en IU como en UPyD saben que los buenos resultados obtenidos en estas elecciones son accidentales, y que su labor parlamentaria se antojará irrelevante frente a la apisonadora de la derecha. De poco les servirá la retórica de sus dirigentes si al final sus propuestas no producen el efecto deseado, y sólo la administración del descontento social les podrá reportar ciertas glorias que no por estimables serán menos inanes cuando el electorado compruebe que sus demandas se estrellan contra el poderoso muro de la mayoría, y no disponen además de las instancias necesarias para canalizar sus reclamaciones al estar todas las instituciones del Estado en manos de la derecha.
A esa impotencia se unirá la excesiva fragmentación de la estructura orgánica de IU, con doce partidos en liza pastoreados por los monolíticos comunistas, y la carencia ideológica del partido de Rosa Díez, cuyo discurso ambiguo y demagógico terminará por diluirse en el pantano de la inconcreción y dejará de ser alternativa. Un partido prefabricado sin mucho desarrollo y otro que reedita la vieja impresión de una jaula de grillos en la que todos quieren ocupar un espacio de notoriedad. Quien conozca la historia sabrá que el peor enemigo de IU es su estructura construida sobre una falacia asamblearia dirigida con mano de hierro por el PCE, y más pronto que tarde ese enorme poder obtenido en las urnas desatará las guerras intestinas a las que ya tienen acostumbrado a su atribulada parroquia.
El PSOE quedará como única alternativa a la voracidad de la derecha y, al final como siempre, el electorado de izquierdas buscará refugio en sus propuestas. Será entonces el momento de afianzar a esa ciudadanía y ofrecer al resto de la izquierda la alternativa del proyecto común, aunque antes los nuevos líderes del socialismo deberán demostrar su aptitud para liderar ese proceso. No les queda otro camino, pues intentar disfrazar de falso progresismo una estructura caduca sólo contribuirá a fortalecer esa fragmentación de la izquierda. Perdido ya todo el poder, es el momento de que el PSOE recupere sus esencias ideológicas y ofrezca un proyecto en el que los progresistas nos sintamos identificados.
La derecha ha alcanzado en estas elecciones su tope y es más que probable que su acción de gobierno deteriore su imagen irremediablemente. El poder es una carga muy pesada y tanto como ha acumulado el PP puede aplastarle. No les queda a sus dirigentes mucho margen de maniobra, y ahora es el momento de demostrar su incapacidad y sus mentiras. Pero para eso es necesario que el PSOE cambie su estilo y abogue por una mejor comunicación, con mensajes creíbles y contundentes que demuestren a la sociedad que no ha renunciado a su identidad. Marcar las distancias con las instituciones gobernadas por la derecha y proteger el interés general siempre que se vea amenazado, pactando incluso con la derecha siempre que se acepten las condiciones indispensables para reforzar la visión de estado del socialismo ante la ciudadanía, y despojarse de ese divismo que ha caracterizado a algunos de sus dirigentes para acercarse más a la población y hacerle comprender que están con los ciudadanos.
Una metamorfosis que la actual situación les permite llevar a cabo con el sosiego necesario para no cometer errores. La cuestión es si sabrán hacerlo.
No me cabe la menor duda de que nos esperan tiempos muy duros aunque interesantes, pues España se enfrenta a un periodo insólito que pondrá a prueba nuestra cultura democrática. Siento la decepción por comprobar cómo se puede obtener el poder desde posturas destructivas e insidiosas, menospreciando esa lealtad que ahora reclama la derecha para afrontar las dificultades de la gestión que le espera, y con la complicidad de una sociedad que ha demostrado una insensatez que le pasará factura más pronto que tarde. Es cierto que sólo desde la unidad es posible resolver las complejas operaciones que permitirá salir de esta grave crisis económica, pero esa unidad no se puede obtener a cualquier precio y mucho me temo que la soberbia de la derecha no permitirá encontrar esos espacios de consenso tan imprescindibles en estos momentos. La presión que recibirá nuestro país a partir de ahora exige una amplitud de miras que no veo entre los dirigentes de la derecha y si bien el Gobierno saliente ha cometido enormes errores, justo es reconocer que al menos ha logrado que nuestro país conserve aún su soberanía. Esa es la mejor herencia que recibirá el nuevo Ejecutivo del PP, y sus miembros deberían ser capaces de administrarla con sentido de Estado y aprovechar que aún sobrevivimos como país para ofrecer generosidad y sensatez. Quizás así sea posible enfrentar el asedio y no tenga la sociedad que sufrir males mayores.
El tiempo lo dirá.
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